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lunes, 3 de noviembre de 2014

La luz hace más tenebrosa a la oscuridad

Sí, otra vez estoy con mis imposibles, pero si no fuera por ellos, tal vez no sería quien soy. Además, todos esos "imposibles" me parecen interesantes en la medida que se encuentran a diario en nuestra rutina, y abstraídos como estamos en nuestro mundo interior, no nos detenemos a pensar sobre lo mágico que puede ser a veces todo lo que nos rodea -me incluyo el primero-. Además, me parece una forma espléndida de aislarse del mundo interior, que a veces tanto nos mortifica. 

He llegado a esta conclusión tan poco ortodoxa, cómo no, en una situación que tengo a diario todas las semanas. Cuando voy a coger la bicicleta para ir pedaleando hasta la universidad, me veo en la necesidad de ir a un trastero que está en la completa penumbra -por las mañanas penumbra y por las noches completa y virgen oscuridad-. Hasta ahora, gracias a la costumbre y la práctica, me limitaba a hacer todo de forma mecánica en la oscuridad, moviéndome cual murciélago en la noche. Pero, uno de estos días, fui a ese mismo trastero acompañado de una pequeña linterna para guiarme en la oscuridad -la necesitaba para ir con ella en la bicicleta por la noche, para ser visible a los vehículos de la carretera, con la intención de no ser atropellado-. Necesito que entendáis que esa negrura a la que me refiero es la que no te permite ver tus propias manos en movimiento a menos de diez centímetros de tu rostro; oscuridad plena y verdadera. Es esa oscuridad que experimentamos en nuestros sueños o pesadillas. Es esa oscuridad que tal vez sentiremos cuando nos llegue la hora del descanso eterno.  Es esa oscuridad que simboliza a la muerte mejor que la propia muerte. Es negro sobre negro. Creo que me hago entender; una oscuridad que te cagas. 

En una situación así, -que no tiene por qué ser extraña, todos estamos más o menos a menudo en este tipo de oscuridad-, al existir una completa ausencia de materia en lo que al sentido de la vista se refiere, tus otros sentidos, incluyo el intelecto -o la imaginación si lo preferís-, se ven incrementados en su percepción de forma exponencial: escuchas de forma más nítida, hueles mejor y piensas e imaginas conceptos que en situaciones "mundanas" distan mucho de rondar una mente humana. Teniendo tal cantidad de premisas, es fácil que tu pensamiento tienda a cometer ciertos deslices y le dé por ver la realidad de forma distinta. Es algo que puede ocurrir a todos, no en exclusiva a mí desde luego; hay ciertas situaciones que hacen sencillo que ideas y pensamientos de este tipo se paseen por tu cabeza.

Dejando las digresiones innecesarias de lado, me gustaría ir al meollo del asunto. Una vez que encendí la linterna, pude ver la verdadera oscuridad que me invadía. Contradictorio, ¿No? es un sin sentido que no tiene ni pies ni cabeza. ¿Alumbrar a la oscuridad para verla mejor? Tío, estás loco. O tal vez no.

A veces -y pongo "a veces" por no pecar de impulsivo, pero es siempre- nos hace falta ver lo contrario de algo, si es mejor, al lado de ese algo, para apreciar de veras el significado, pleno y perfecto, de lo que queremos conocer mejor. En una frase corta y comprensible: "ver lo contrario para captar toda la esencia de los contrarios". No podemos saber qué es el amor si no se experimentado el odio. No puedes saber qué es la felicidad si no has sentido la tristeza... y así hasta el infinito. Es algo que todos sabemos en verdad, pero que muy pocas veces nos detenemos para reflexionar.

Y también sería un problema cuantitativo -a la cantidad me refiero-. A veces necesitamos ver un poco de la esencia visible de lo que nos rodea para abrumarnos -mediante los contrarios o por iluminación divina, eso me es indiferente ahora- al captar por encima toda la profundidad de significado que tiene lo que nos rodea. Al igual que en lo anterior, una frase que resumiría esta idea sería: "ver un poco para imaginar un mucho". Muchas veces, cuando conocemos casi a la perfección algo, deja de fascinarnos, es cuando sobre ello permanece una sombra cuando de verdad se convierte en algo enigmático para nosotros.

Además, y esto ya no es tan filosófico, "impresiona" ver como la oscuridad se traga a la luz; es ahí cuando vemos su verdadera fuerza. Aunque la luz a veces puede ganar a la oscuridad, en esa circunstancia en la que una pequeña luz se ve al completo sumida en la mayor de las oscuridades, puedes ver lo tenebrosa que resulta la oscuridad.

Y sí, podría haber dicho que la oscuridad, al dejarnos ciegos, es algo que da miedo, y lo que da miedo, parece gigante comparado con nosotros. Pero como dije en la anterior entrada, esa forma directa de pensar las cosas no va conmigo; aunque lo odie, no puedo evitar darle vueltas a todo para entrever los entresijos más curiosos de la realidad.

Espero que os haya gustado la entrada y muchas gracias por leerla.

PD: tranquilos, que la próxima entrada es algo más entretenido y menos filosófico, lo juro ;) 

domingo, 28 de septiembre de 2014

Fuegos artificiales

Estos días en Logroño hemos celebrado nuestra fiesta grande, "San Mateo". Feria, conciertos, botellones y fuegos artificiales, lo típico y normal en unas celebraciones de ciudad. Este año, soso de mí, me he centrado exclusivamente en los fuegos artificiales, actividad que me fascina por la magia que desprende y por lo imposible de su acción que tiene en mí -y en otras muchas más personas, bien lo sé-.Aviso que el texto puede resultar un poco caótico y contradictorio, pero si consigo explayarme con la suficiente claridad, creo que al menos podréis atisbar lo que quiero interpretar.

No quiero escribir sobre cómo fueron, pues aparte de no interesarme en demasía, si soy sincero, no sé cómo se juzga si unos fuegos artificiales son de calidad o no -a mí me gustan a medida que son más ruidosos-. Lo que pretendo tratar de explicar en esta entrada es una sensación de añoranza y tranquilidad que los fuegos artificiales me transmiten. No sería algo demasiado excepcional si no fuesen precisamente fuegos artificiales, una de las actividades más ruidosas producidas por el intelecto humano. Un ruido estrepitoso es capaz de provocar en el alma de una persona la paz  y el sosiego más absolutos, ¿cómo puede ser esto posible? ¿No es sino una antítesis completa? O tal vez una perfecta paradoja ... No sé sinceramente a cuántas personas más los fuegos artificiales le calman como a mí, actuando en forma de relajantes ópticos, pero sé con seguridad que no soy la única persona que siente esa sensación tan paradójica y mística cuando escucha y ve a los fuegos artificiales demostrar su poderío.

Desconozco el porqué de la reacción de mi ser. No sé si esa calma llega a mí desde los más profundos pensamientos de mi subconsciente o realmente esas luces tienen la capacidad y el poder, casi ya prehistórico, de sumir en la más absoluta tranquilidad a lo seres humanos, no lo sé. Solo veo una senda posible de explicación para este fenómeno de los sentidos. No me veo con la capacidad suficiente de explicar lo que siento en mi interior si no es con comparaciones que sé que casi todos podrán entender a la perfección. La fuerza que los fuegos artificiales tienen en mí siempre me ha recordado mucho al sentimiento de, casi placer, que sentimos TODOS los humanos a ver el fuego. No afirmo con esto que todos tengamos un pequeño pirómano dentro de nosotros, ni mucho menos, pero es innegable que siempre que observamos fuego, por grande o pequeño que este sea, en nuestro interior algo se enciende, como por influencia del calor que las llamas desprenden. Todos miramos encandilados cómo ese astro rojo puede esfumar la oscuridad bajo cualquier circunstancia. Incluso siendo capaces de crear fuego en cualquier momento, todavía algo en nosotros siente completa adoración hacia ese suceso. Y esto, me atrevo a aventurar, es debido al asombro que todavía en nuestra época sentimos por el poder destructivo del fuego; aquí residirá la clave de todo este asunto a mi parecer, al poder caótico del fuego, es decir, en el poder destructivo y creador de caos. 

Los fuegos artificiales tienen una característica semejante. Sin duda influenciados por la fuerza de la naturaleza -y muy en relación a mi entrada de La Tormenta-, generalmente veo a los fuegos artificiales como imitaciones del humano por captar la furia del cielo. Pero, en contraposición al arcaico miedo del que hablaba en la anterior entrada, aquí nos encontramos con el otro lado de la misma moneda. Quizás se deba a la incapacidad de atrapar la sustancia original de las tormentas, pero aquí en vez de terror -salvo las personas que sientan miedo patológico hacia los fuegos artificiales- sentimos exactamente lo contrario; calma, paz, tranquilidad... 

Dentro de este sin sentido -de un elemento que en ocasiones produzca terror y otras veces pura paz, que más que sin sentido, encarna a la perfección la vida misma, a veces tan bella y dura en un mismo ámbito- , creo poder atisbar por qué esa furia de colores y detonaciones nos transmite tranquilidad. A veces, nuestros problemas nos superan. Somos seres egocéntricos por mucho que intentemos velar por el bienestar ajeno, y nuestros problemas siempre nos resultarán más graves que los del resto. Somos egoístas por mucho que duela. Creemos que lo que nos sucede es superior a todo lo que nos rodea, pero nos equivocamos. Al palpar la brutalidad y poder de los fuegos artificiales -sin llegar a la magnificencia de la tormenta, aunque a ciertas personas incluso las tormentas nos relajan- vemos que existen fuerzas superiores a las nuestras y a los problemas que nos rodean. Y qué son las tormentas y los fuegos artificiales sino una amalgama de colores, ruidos y violentos sentidos. Nos admiramos, en definitiva, en el caos. El caos, la anarquía -en el sentido peyorativo de la palabra- nos infunden orden a nuestra ánima. Sé que puede sonar majadero, pero es algo que ocurre. Cuando nuestro caos interior se ve superado al observar una furia externa que como huracán arrasaría con nuestro propio caos personal, entendemos en verdad que no todo parece tan malo, llegando esa sensación de tranquilidad por ver la pequeñez de nuestros problemas. Al percibir la autoridad de una vorágine tan suprema, nuestro interior tan solo puede arrodillarse y gozar de esa ostentación de caos y suntuosidad que lo superior a nosotros tiene en su interior. Es la paradoja del vivir, es la antítesis de la vida; vivimos rodeados de estos sucesos y nunca los advertimos. La vida es un sin sentido, y a veces esos sin sentidos pueden salvarnos de nuestras bestias interiores. Lo grande y majestuoso siempre nos ha dejado atónitos, no por su grandeza exclusivamente, sino también por su poder, por todo la fuerza que esconden los grandes acontecimientos, por la capacidad de destrucción.

En conclusión: sí, lo sé, todos lo estaréis pensando, podría haber dicho desde el principio: los fuegos artificiales relajan porque son bonitos. Lo bonito suele tener la cualidad de apaciguar. Pero no me gusta ir a lo simple, que es lo que todos podemos captar a la primera. Me gusta bajo mi pesar "comerme" la cabeza hasta que esta me explote, buscar el sin sentido de todo -y tal vez por ello soy tan feliz-. Espero que os haya gustado esta entrada.