sábado, 11 de julio de 2015

Esa magia que transmite el tacto de un libro

No es algo nuevo ni rompedor, mucha gente ya ha escrito sobre esa sensación que uno recibe al leer un libro, un libro que puedas sentir entre tus manos, con su portada y el pasar de las hojas. Ese olor a nuevo o a humedad, según prefiráis. Pasar lentamente la hoja con ganas o pena por descubrir que acontecerá en la catarata de páginas. Lo complicado a la hora de intentar explicar esta circunstancia reside en que esa sensación, ese placer de sentir que no hay comparación a leer algo fuera de un libro, es prácticamente imposible de razonar; es algo semejante a lo que ocurre cuando intentas dar sentido al amor; casi cualquier acepción puede acertar pero jamás captará al completo la esencia de la complejidad del amor. Y en este caso son esos pequeños detalles los que se convierten en trascendentales. Puede resultar distinto para cada persona, puede resultar más especial para cada uno de nosotros, pero esa sensación enigmática está ahí, camuflada bajo capas y capas de irracionalidad, algo que se nos resiste a los humanos, creadores de lo racional y sepultadores de lo ilógico.

Me gusta comparar esa sensación, no sé por qué, a contemplar el fuego, ya sea de una chimenea o de una hoguera. Sé que no soy el único que ha sentido algo extraño cuando ha podido observar fuego en frente suya. El fuego tiene la capacidad de abstraernos de una manera que parece descabellada... ¿Cómo algo tan primitivo puede llamar nuestra atención de una forma más potente que los mayores adelantos electrónicos, por ejemplo? Sea como sea, así sucede en la mayoría de los casos. Lo mismo puede decirse a la hora de agarrar un libro y leerlo, ¿qué diferencia lógica existe entre leer un libro a través de una pantalla y hacerlo con un libro antiguo, lleno de polvo y con olor a viejo? Exacto, pensándolo de forma racional y lógica, no hay ninguna diferencia palpable de ello. Tanto la historia, la narración y los personajes son los mismos. No va a haber ninguna variación en cuanto a lo que sucede dentro de ese submundo literario. Pero claro, el mundo de los libros, la literatura en sí, tiene más relación con lo subjetivo y lo salvaje que llevamos dentro. Podría deberse a una sensación de añoranza. Los libros son realidades físicas con muchos siglos de existencia. En lo general tendemos a estimar más aquello que lleva con nosotros cientos de años que lo nuevo que apenas lleva años o décadas. También podría deberse a lo digital y a su capacidad de extenderse por los distintos usuarios a través del globo de una forma idéntica. Un libro, aunque sea producto de una editorial, donde las obras son impresas en cientos de miles de tiradas, es un elemento físico único, no comparte materia con nada más. Aunque sea una copia casi exacta de los otros cientos de miles que existen como él, es tuyo, solo tú lo tienes y por ser tú su dueño ya no es como el de los demás; tú lo posees. Pero, en lo digital no ocurre lo mismo. Si tú eres poseedor de un archivo digital que contenga un libro, este archivo se supone que es al cien por cien igual que el que tienen el resto de usuarios. Aquí el sentido de exclusividad y de único ha desaparecido al completo. Esto al principio puede parecer una causa infantil y necia, pero no hay que olvidar que el egoísmo humano es parte inherente a nuestra personalidad, y que estas pequeñas particularidades son las que llenan ese egoísmo. 

O tal vez se trate de algo que no pueda explicar. Sin duda alguna lo digital es propenso a ser más frío y alejado, en el sentido humano, que lo hecho de materia física. Además nos sentimos más relacionados con lo que podemos tocar de forma real, al ser nosotros, por lo menos ahora, seres en su mayoría físicos. Todo lo digital, aunque es de uso y disfrute de una gran mayoría, no lo entendemos fácilmente. Todos utilizamos Internet a diario pero no conocemos lo complejo de sus tejemanejes internos, a no ser que seas un informático experto. Lo digital y lo humano, aunque relacionados de forma trascendental, son realidades ajenas y al completo distintas. No obstante esto no tendría que ser un impedimento para estimar más una cosa que otra ya que podríamos guardar verdadero cariño a un aparato electrónico o incluso a un archivo digital. Cualquiera de las razones anteriores podría encajar, aunque yo me sigo decantando por lo mágico y misterioso. Desde luego que alguna de estas razones podrían participar de lo mágico, pero es sin duda para mí lo mistérico la razón primordial por la que apreciamos más un libro en su formato físico que digital. Algo nos dice, de forma quizás hasta absurda, que sentir las hojas en nuestros dedos es una razón por la que decidir leer algo a través de las páginas físicas de un libro. Si podéis comprobarlo, hacedlo; solo tenéis que encontrar a un lector habitual y preguntarle: ¿por qué prefieres leer un libro en su formato físico respecto al digital? ... No te sabrán dar una respuesta clara, se limitarán a decir cosas como "porque no es comparable", "porque en lo digital se pierde la magia del libro", "porque no sientes lo mismo". Otra pregunta que os puede aclarar las cosas es la de si prefieren leer un libro digitalmente o tenerlo al lado suyo, la respuesta ya la sabéis.

Me alegra que esto ocurra, indica que todavía son muchos los elementos que nos rodean a los que no podemos dar una explicación clara. Y no es una de las grandes preguntas universales como si Dios existe o qué origen tiene el universo, no, es una cuestión bien terrenal. Alivia saber que no conocemos todo lo que nos rodea, que todavía somos bastante insignificantes; es un gran ejercicio de humildad. Y desde luego también tranquiliza saber que ciertas tradiciones, las buenas, las que dan de comer al cerebro, permanecen entre nosotros. Desde luego que el contenido digital puede ser buen sustento para nuestras mentes, pero el sentimiento de provecho es superior en uno que en otro. Esa fuerza irracional y absurda nos llama más hacia el papel que hacia la pantalla. Es gratificante pensar que algo tan insignificante como un libro, a fin de cuentas trozos de papel y plástico, pueda competir con gigantes electrónicos como los ordenadores e Internet... es un pequeño ejemplo de David y Goliat y un pequeño ejemplo de cómo todo lo que nos rodea se sale de los terrenos de la lógica para adentrarse en una dimensión donde todos, la humanidad en sí, somos aprendices de algo muy superior a nosotros.


jueves, 9 de julio de 2015

Sic transit gloria mundi ... y nosotros mirando al móvil

Sé que voy a parecer un fetichista de las tormentas, quizás lo sea, pero hay algo en ellas que me inspira de una forma indescriptible, aunque hay que decir que en esta ocasión mis reflexiones no serán demasiado elevadas, de hecho, se quedarán bastante pegadas al suelo; serán más mundanas, aunque no por ello menos interesantes. Hace unos pocos días en Logroño apareció una tormenta nocturna bastante potente, de esas que dejan impresión aun teniendo en cuenta lo veloz que sobrevuelan tu ciudad. Digo apareció porque en menos de cinco minutos el techo del mundo se oscureció en plena noche, sí, no es un intento de metáfora de aspirante a poeta mediocre, sucedió así; llegó como, nunca mejor dicho, caída del cielo. Apenas se extendió durante veinte minutos siendo generoso, aunque su ímpetu era digno de recordar. Como ya sabréis la mayoría de los que os dignéis a leer esta entrada, tengo afición a subir vídeos a Youtube, de cualquier cosa, y mi lógica interna me llevó a la conclusión de que era buena idea grabarla para subir posteriormente un pequeño vídeo a Internet, cosa que ha acabado siendo una realidad. Por último sobra añadir a todo esto que, como he dicho al principio de este párrafo, siento verdadera adoración por las tormentas, y me encanta observarlas y deleitarme con ellas; es algo que en verdad me llena.

Tras unos pocos minutos acurrucado al lado de la ventana, en pleno éxtasis de la tormenta, decidí comenzar a grabar. Todo era normal -dentro de que a mis veinte años parecía un niño pequeño viendo a su ídolo-. Pero, a medida que estaba grabando, me dí cuenta de que ese espectáculo que me estaba brindando la naturaleza no lo contemplaba a través de mis ojos, sino que era la pantalla de mi teléfono móvil la encargada de servir como luceros digitales. Me sentí decepcionado conmigo mismo, pues siempre ando recriminando a la gente y a la sociedad en general ese abotargamiento táctil que siempre padecen, padecemos visto lo anterior. ¿Cómo es posible que decidamos vivir un momento a través de una diminuta pantalla y no con todos nuestros sentidos inflamados por la emoción? ¿De qué nos sirve grabar algo si en directo perdimos la oportunidad de sentirlo? Comprendo que queramos mantener un recuerdo, más o menos intacto, de eso que estamos viviendo, pero JAMÁS un vídeo podrá ser considerado un recuerdo. Por mucho que sientas viendo ese vídeo, los recuerdos tienen junto a las imágenes mentales un sin fin de sensaciones imposibles de encontrar en un frío vídeo. Es imposible comparar la satisfacción de experimentar ese suceso de primera mano, de forma plena, a verlo a través de una pantalla con toda nuestra atención dirigida a que "no se desenfoque ni se mueva demasiado". Un vídeo jamás podrá ser un recuerdo, el vídeo pierde demasiados factores esenciales a la hora de crear un recuerdo, al igual que no será semejante el amor que sientas hacia una persona cuando esta te traicione de forma considerable. Y tampoco es factible el intentar vivir el momento y grabarlo; si tu atención se desvía aunque sea solo un poco, ya nada será lo mismo, no conseguirás hechizarte como lo harías sin ningún entretenimiento de por medio. Por eso los grandes recuerdos, me aventuro a decirlo, no los tendréis grabados, al menos así es en mi caso. O si los tenéis grabados, los vídeos resultantes no fueron tomados desde alguna de vuestras manos. Esos son los verdaderos recuerdos, aquellos en los que estás tan ensimismado en lo que está ocurriendo que olvidas al completo lo que sucede alrededor; simplemente quieres impregnarte de ello y regocijarte. Esto se extrapola a casi cualquier situación. Yo he puesto el ejemplo de la tormenta que viví hace unos días, pero podría haber ejemplificado con una persona grabando un concierto al completo o un turista que se limita a echar fotos a los cuadros de un museo sin prestarles verdadera atención. Hacer cosas como las anteriores es arrebatar el alma a esas actividades. ¿De qué te sirve tener la foto de la famosa Gioconda si no os habéis podido mirar fijamente, apreciar la magia de su mirada y de su sonrisa? ¿De qué te sirve grabar el concierto al que estás asistiendo si no puedes levantar los brazos y dejar llevarte con la magia de la música en directo?

No creo que esto se trate de un dilema entre una cosa u otra, los dilemas aparecen cuando ambas opciones son equiparables en sus consecuencias y beneficios, y humildemente creo que en esta ocasión las consecuencias distan mucho de ser semejantes. Tanto los beneficios como los resultados de estas dos formas de vivir la vida se separan en caminos muy distintos. Es como el mal doblaje de una película... puede convertir una gran película en una bazofia. Cada cual puede pensar lo que quiera, pero es indiscutible que cada vez notamos más esta cadencia en nuestra sociedad actual. Queremos, de forma egoísta, mostrar a los demás lo magníficos que somos enseñándoles lo que hacemos en todo momento, olvidándonos de disfrutar en el momento en sí; realizamos todo teniendo en mente que debemos, como una imposición personal, evidenciar lo admirable de nuestra persona. Hay que evitar ser egoístas en esta vida, pero son estos momentos en los que no tenemos que pensar en los demás y limitarnos a disfrutar, no ser dependientes de la atención que nos brinden los demás. No es una petición para erradicar de la tierra vídeos y fotos en eventos importantes para nosotros mismos, sino una recomendación de guardarnos en el bolsillo de vez en cuando el móvil o cámara para poder exprimir de verdad eso que está ocurriendo en frente nuestra, una petición de no ser ciegos que fingen ver a través de una pantalla.

Espero que os haya gustado esta pequeña reflexión, y sobre todo, os haya resultado entretenida. Muchas gracias por leerme y hasta la siguiente ocasión.

viernes, 3 de julio de 2015

Chat Terra... ese gran desconocido

Sí, este blog se supone que era para entradas más loables y literariamente interesantes, pero siempre es bueno hacer excepciones, y con lo que os traigo, lo merece. Supongo que todos conocéis el chat Terra aunque jamás hayáis entrado en él -no os perdéis nada-. Su leyenda es inmensa y perdura en Internet como ninguna otra página web puede. Cuando más joven tenía la sana costumbre de pasar el rato junto a mis amigos en este chat; pasábamos tardes enteras trolleando a gente cuando la palabra "troll" todavía significaba en exclusiva monstruo de grandes dimensiones procedente del norte. Del norte de donde queráis, pero son del norte. En definitiva, era el lugar perfecto para deleitarse con la tontería general del personal, y sobre todo, para admirarse con la desesperación que alcanzaban ciertos individuos. 

Recordando aquellos días de antaño hace unas pocas semanas me dio por volver al chat Terra para observar cómo es el panorama -completamente igual- después de cerca de diez años, que se dice pronto. Subí alguna captura de pantalla a mi Twitter personal, y parece que gustó a ciertas personas, y como ese día no tenía mucho más que hacer, decidí hacer unas cuantas capturas más para subirlas a mi blog en cuanto tuviera tiempo. Ahora lo tengo, así que dejo de escribir para que podáis descubrir conmigo un mundo lleno de ... lleno. No puedo descartar que yo fuese el trolleado, pero oye, de eso se trata la cosa.

Pedrone will be back

Esta la subí a Twitter. Por lástima será algo que solo entenderán los riojanos o las personas muy metidas en la política. Resumiendo, Pedrone era el presidente de la Comunidad de La Rioja, y llevaba veinte años en el poder. Tristemente, en las elecciones pasadas no consiguió alcanzar la mayoría absoluta, y ahora, Don Ceniceros, amigo íntimo de él, es el encargado de sustituirle. Y bueno, como mi cabeza es como es, pues se me ocurrió lo siguiente. Pobrecito, yo también me hubiese quedado así.


PD: Alcandre es un pequeño pueblo de La Rioja. No tiene nada de especial, pero me gusta demasiado como suena al pronunciarlo en alto, por lo que suelo utilizarlo a menudo en cuanto puedo. 

El loco por la Campurrianas

Este es muy simplón, no tiene sustancia. El enlace era un link que abría una foto de unas campurrianas, el hombre no se sació y quiso seguir viéndome los pechos. Algunos aunque les digas que les estás "trolleando" siguen cachondos perdidos. 


Coca cola...

También un poco simplón, aunque la mención a Los Simpons se merece un aplauso.


Ya sabemos cómo empezó a fumar el de Jarabe de Palo

Creo que no necesita explicación.


No nos engañemos, hay gente simpática

Hice la clásica pregunta de: ¿Quién fuma? Y al instante este bienhechor vino a mi rescate para que quedase bien la captura. Aunque sean cuatro gatos, de vez en cuando encuentras a gente normal.


Le jodí el calentón de una manera...

En qué consiste la cosa, en simplemente calentar a un desesperado. Empiezas a decirle cosas guarras, durante un buen rato... y en el momento en el que observes que está a punto de... bueno, os lo podéis imaginar, sueltas esas mayúsculas en rojo que podéis ver en el chat. Casi nunca funciona, porque es muy triste... pero de vez en cuando... No quiero decir que se acojonase, pero sí.


Cantando un poco de Los Gandules

Nada que explicar, canté una bonita canción y no me siguió :( 


¿Machop mejor que Machoke? estás loco

Puso un mensaje en el chat general, y me llamó la atención su nombre, y bueno, nada más que explicar. Algunos, de todas formas, lo que hacen por pasar un buen rato... lo que cuesta meterse en páginas guarras.



Esta es de las mejores que conseguí

Yo tenía una duda muy simple, ¿es verdad que absolutamente todos los pisos modernos tienen poliespán dentro de la pared como aislante? Qué mejor que solucionar mi duda que buscando a un valeroso obrero por el chat general que al parecer anhelaba tetas pequeñas. Esta buena persona me contestó, y bueno, aclaró mis dudas más o menos.



La gente de chat Terra es muy chistosa

Comiéndole la oreja a uno asegurándole que me ponía a tono con los chicos graciosos, le pedí que me contara un chiste. Sublime.



Hay gente legal en chat Terra, aunque no es lo normal

Chat Terra es un nido de pederastas, cada día me cercioro de ello con más seguridad. Pero, de vez en cuando encuentras a gente que deja la conversación si ve que se pone demasiado caliente y se supone eres menor de edad. Además opina que el Club de la Comedia es mierda, por lo que seguro es de fiar. 


No descarto segunda parte en un futuro bastante lejano. No quisiera que el blog se convirtiese en uno de humor, y pretendo mantenerlo cerca de la literatura y la escritura. Espero que os haya gustado la entrada. 

jueves, 14 de mayo de 2015

Natural o no natural

Se ha montado bastante revuelo en las redes sociales debido a una fotografía donde aparecen unos párrafos que hablan sobre la homosexualidad y la heterosexualidad de una forma, por así decirlo, un tanto subjetiva. La importancia de la noticia radica en que estos párrafos se pueden leer en libros de texto para adolescentes que asisten al instituto. Los párrafos en cuestión son los siguientes:

El fragmento del libro de biología con la definición de 'homosexualidad'.

Merece la pena añadir que en contra a lo que se iba predicando por Internet, el libro no pertenece al conocido grupo SM -aunque una pequeña relación sí que guardan con los creadores del libro de la polémica-. Ellos mismos han confirmado lo que yo os escribo mediante un comunicado oficial en su página web: haced click aquí para leer el comunicado.

No he decidido publicar esta entrada en mi blog para comentar esta jugada "maestra" por parte de los autores del libro de texto; creo que sobran las aclaraciones que pueda hacer. Lo que sí me gustaría comentar es algo que me ha llamado mucho la atención, lo que la gente opina sobre la noticia, y sobre todo, lo poco natural que algunos suponen que es la homosexualidad. Aunque la mayoría de internautas han decidido criticar severamente a los autores de este párrafo, son algunos los que afirman que, aunque sea un poco exagerado, sí tienen en parte algo de razón ya que, para bien o para mal, la homosexualidad no es algo natural y va en contra de la naturaleza. Ni mucho menos vengo tampoco a debatir sobre esta sentencia -que para mí es rotundamente errónea, pues considero que natural es aquello que simplemente puede existir, otra cosa es bajo qué punto de vista decidamos juzgar-, sino a aclarar qué equivocados están algunos en juzgar lo correcto bajo el precepto de que es natural. 

Hay que comprender que el ser humano es un ser que se rige bajo la costumbre y la rutina, anteponiendo la tradición a muchos elementos quizás más trascendentales en la vida. Por ello, asumimos que lo que es normal o más común a nuestro alrededor es lo natural, porque siempre está ahí -incluso cuando podría llegar a ser antinatural-. Así que si observamos algo a diario suponemos que es lo que debe estar ahí, es decir, lo correcto. Somos seres con miedo a lo nuevo, pues desconocemos sus características y no sabemos qué consecuencias nos puede tocar sufrir. Me gusta ejemplificar esto con todo aquello relacionado con la muerte. La muerte, aunque bajo nuestro pesar es algo a lo que solemos temer, es fundamental para que todo este circuito que es la historia pueda seguir siendo un hecho. Es una verdad que todos solemos guardar de forma encubierta en nuestra mente, pero que muy poco intentamos analizar. La muerte es tan natural como el comer o como dormir todas las noches. Y aun conociendo lo natural que se supone que es que nuestras vidas finalicen cuando tengan que finalizar, uno de los objetivos predilectos de la humanidad es intentar evitar este fatídico momento. Cada año surgen nuevas curas para enfermedades incurables, cada año aparece nueva tecnología capaz de crear órganos perfectos para trasplantar, cada año aumenta más la esperanza de vida del ser humano medio... y creemos que esto es lo correcto, que esto es lo que hay que hacer... pero sin embargo no hay nada más antinatural que vivir más de lo que se supone debemos vivir e ir en contra de la misma muerte. No me parece algo perjudicial, ya que es característica intrínseca del ser humano ir más allá de su capacidad, pero me sirve a la perfección para ejemplificar cómo los humanos aceptamos cosas como correctas incluso cuando son antinaturales. Así que, transportando este ejemplo a la homosexualidad -que insisto, opino que SÍ es natural- imaginemos por algún momento que se descubre de forma irrefutable que esta, como dicen algunos, es antinatural... Pues digo yo, ¿Y qué? Podemos hacer una lista infinita de acciones individuales y supuestamente antinaturales que ejecutamos a diario y que, sin embargo, juzgamos como correctas. Estimamos en demasía a lo que se supone que es natural a la hora de pronunciarnos moralmente, nosotros, el ser humano, creador de lo inexistente y Dios de lo artificial, cuando no podemos siquiera asegurar al completo que algo sea natural o no; no hay medios para ello sino puntos de vista u opiniones para así considerarlo. Si nos ponemos a juzgar lo natural de nuestras acciones desde el punto de vista más extremista, es decir, considerar lo natural como el ser humano viviendo de forma directa de la naturaleza como ser primitivo, veremos que TODA nuestra vida es un compendio de acciones antinaturales: vivimos con luz aunque la luna esté en el cielo, viajamos a velocidades estratosféricas comparadas a la velocidad del andar humano, podemos comunicarnos con personas a cientos de kilómetros cuando nuestra vista no alcanza más de unos pocos kilómetros... y todo esto, insisto, sin poder cerciorar de forma definitiva qué es lo natural, ya que depende, como todo, del punto de vista que decidamos escoger.

NOTA: asumo la muerte como algo "natural" para poder ejemplificar, y sobre todo, porque me parece uno de los pocos elementos existentes capaces de ser juzgados como naturales. Aunque insisto en que no se puede saber con plena seguridad si lo es o deja de serlo. Pero, como suele ser un elemento trascendental en nuestras vidas e intocable, condicionante en todos los aspectos posibles, creo que se me puede permitir juzgarla de natural al menos para poder explicarme en esta entrada. Y, aunque la falacia "ad populum", falacia es, creo que cualquiera que lea esto tratará la muerte como algo natural.

Quizás me he liado demasiado dando explicaciones largas para asuntos fáciles de aclarar. En definitiva quería explicaros que NO hay que juzgar los sucesos o la realidad misma mediante el dogma de lo natural porque no tenemos seguridad plena de qué es natural o deja de serlo. Y, aun disfrutando de la seguridad de que algo sea natural o no natural, no hay que achacar el que lo sea para juzgarlo, ya que no podemos relacionar lo moral y lo natural -por la naturaleza indefinida de lo mismo- y ni mucho menos encumbrar lo supuestamente natural detestando aquello que no se amueble a ello. El mundo no es de una forma, es de millones, tantas como personas y conciencias existen. Achacar que algo es innatural es como decir que el vaso está medio lleno, algo que depende de afirmaciones culturales y casi nunca científicas.

viernes, 12 de diciembre de 2014

Vuelva usted mañana, que ya si eso...

Larra tenía mucha, mucha razón, eso todos lo sabemos. Pero lo que me preocupa de veras es que tantos lustros y décadas después sus palabras sean tan actuales como en aquel entonces. Que estamos rodeados de incompetentes y holgazanes es un hecho, es algo inherente al género humano, pero lo que uno no se espera es encontrarse de repente con todos esos incompetentes en una sola mañana. No les culpo por ello, todos tenemos días malos de vez en cuando, somos humanos. Si cada "accidente" me hubiese sucedido en días distintos, no lo hubiera tenido tan en cuenta, pero cuando esa incompetencia, casi por designio de los dioses, decide aparecerse en apenas una hora, es más, cuando toda esa incompetencia te permite escribir un texto relativamente largo como es este mientras haces tiempo, indica que algo marcha mal en esos negocios...

Me abstendré de poner nombres, no es mi intención hacer mala publicidad de lugares en los que normalmente el trato y el servicio son aceptables. Eso sí, los habitantes de Logroño, queriéndolo o no, captarán a la primera los sitios a los que me refiero. Y sí, esto es una versión mala del Vuelva usted mañana del genio Larra, pero qué culpa tengo yo de haber sufrido las mismas penurias que sufrió él en su día.

Esta mañana pretendía gastarla en comprar los muchos regalos que tengo que coger para familiares y amigos -la Navidad está a la vuelta de la esquina y por desgracia uno tiene que gastarse un dineral en presentes, aunque luego merece la pena por ver tan solo la ilusión en sus rostros-. Ya en el día de ayer gasté un poco de tiempo en la primera tienda pidiendo un libro. En un principio me dijeron que no había problema alguno, que lo tenían en otro establecimiento y el único esfuerzo que se veían obligados a hacer era traerlo hacia esa tienda en particular. Aunque la chica que me atendía tuvo unos cuantos problemas para localizar con exactitud en qué tienda se guardaba el libro, al final lo consiguió, y me pidió que volviera al día siguiente sobre eso de las 11:00. Sin problemas, todo marchaba correctamente. Lo único que tenía que hacer el día siguiente al salir de la universidad era pasarme por la tienda, decir mi nombre, sacar la cartera, coger las vueltas y el ticket y marcharme -dos o tres minutos como mucho-, pero claro, el día siguiente no era mi día...

Hoy, nada más entrar en la tienda y esperar un poco a que me atiendan, he dicho mi nombre y han empezado a buscar mi libro. No aparecía. Ya con la caja vacía, la dependienta ha intentado encontrarlo a través del cartón, Al ver que, en efecto, no estaba en la caja vacía, ha llamado a la otra tienda para comprobar si el pedido había salido ya. Sorpresa, el libro tampoco estaba en esa tienda. Después de rebuscar otra vez en la caja vacía, ha vuelto a llamar a otra tienda para ver si estaba en esa -la primera vez se ha confundido de tienda-, y sorpresa, tampoco se encuentra disponible en la tercera tienda. Mi libro ha desaparecido, Iker Jiménez, chat ya. Todo este trámite ha durado unos quince minutos largos, cuando se suponía que mi libro iba a estar ya ahí. Tras otra intentona de encontrarlo en algún lugar del mostrador, la dependienta me ha pedido que le dé mi número de teléfono para llamarme cuando lo encuentren, Yo, confiado que soy, se lo he dado y he estado atento al teléfono gran parte de la mañana.

Como tenía otros recados que hacer, no he querido quedarme esperando en la puerta a que me llamaran, así que he cogido mi bicicleta y he ido a la siguiente tienda. Después de candar con cuidado la bicicleta a una señal de tráfico, he ido a entrar en la tienda, cuando, de sopetón, me encuentro con una pequeña nota en el centro de la puerta. La nota dice lo siguiente:

Volveré en 10 minutos.
Para algo urgente, llamar al *********

Genial. Como tampoco se trataba de una urgencia he tenido que esperar sentado en la entrada durante un rato. Gracias a Dios la nota tenía razón y en diez minutos ha aparecido. Eso sí, sé cuánto tiempo he estado yo esperando pero no cuánto tiempo ha estado la nota pegada a la puerta. Dentro todo ha ocurrido de forma normal y no tengo queja alguna. El regalo le encantará a la persona a la que va destinado.

Después de comprar ese regalo, al ver que todavía no recibía llamada alguna y que había un bar bastante cercano con precios sugerentes, he entrado en él. Pobre de mí. Nada más entrar, doy unos pocos pasos y me detengo en el mostrador para pedir. El tiempo pasa y nadie me hace caso. Soy un naufrago indignado con la gente en mitad de un bosque de barriles de cerveza. El camarero o dueño del bar, lo desconozco, ha estado unos quince minutos rehaciendo la cuenta de unas clientas pues no le salían bien los números. El colmo de los colmos, he tenido que ver cómo eras las clientas las que hacían la cuenta y cogían el dinero correspondiente, mientras que una señora mayor comentaba la jugada en voz alta. Después de esto, el señor me ha atendido. Buena pinta y con dos pintxos de regalo, por la espera supongo. He cogido todo esto y me he sentado en una mesa, solo, pinta en la siniestra y bolígrafo en la diestra, para hacer tiempo y recibir la ansiada llamada. Mientras esperaba se me ha ocurrido escribir un poco sobre todo lo que me estaba ocurriendo -esto que podéis leer ahora-. Mientras escribía he tenido que soportar a los parroquianos hablar sobre política de una manera un tanto ruidosa. De verdad, todo lo que me estaba sucediendo era esperpéntico. Tras un buen rato escribiendo, cojo mi teléfono y veo que hay una llamada perdida. Llamo y confirmo que es la primera tienda. Una hora y media, casi dos, después de haber ido, me hacen una perdida -la llamada no ha sonado, y si lo ha hecho, ha sido de forma muy breve- para que yo les llame. Me cogen y me dicen que en efecto el libro estaba ya en la tienda y que puedo pasar a recogerlo. Como comprenderéis las dudas que inundaban mi cuerpo eran considerables, para nada me fiaba que el libro estuviera allí. Pero sí, al final esto es una historia con final feliz, y aunque la dependienta ha tenido que preguntar dónde estaba el libro, lo ha encontrado y he podido llevármelo a casa. 

Gran persona debió de ser el primero que llamó pecado mortal a la pereza (...)

lunes, 3 de noviembre de 2014

La luz hace más tenebrosa a la oscuridad

Sí, otra vez estoy con mis imposibles, pero si no fuera por ellos, tal vez no sería quien soy. Además, todos esos "imposibles" me parecen interesantes en la medida que se encuentran a diario en nuestra rutina, y abstraídos como estamos en nuestro mundo interior, no nos detenemos a pensar sobre lo mágico que puede ser a veces todo lo que nos rodea -me incluyo el primero-. Además, me parece una forma espléndida de aislarse del mundo interior, que a veces tanto nos mortifica. 

He llegado a esta conclusión tan poco ortodoxa, cómo no, en una situación que tengo a diario todas las semanas. Cuando voy a coger la bicicleta para ir pedaleando hasta la universidad, me veo en la necesidad de ir a un trastero que está en la completa penumbra -por las mañanas penumbra y por las noches completa y virgen oscuridad-. Hasta ahora, gracias a la costumbre y la práctica, me limitaba a hacer todo de forma mecánica en la oscuridad, moviéndome cual murciélago en la noche. Pero, uno de estos días, fui a ese mismo trastero acompañado de una pequeña linterna para guiarme en la oscuridad -la necesitaba para ir con ella en la bicicleta por la noche, para ser visible a los vehículos de la carretera, con la intención de no ser atropellado-. Necesito que entendáis que esa negrura a la que me refiero es la que no te permite ver tus propias manos en movimiento a menos de diez centímetros de tu rostro; oscuridad plena y verdadera. Es esa oscuridad que experimentamos en nuestros sueños o pesadillas. Es esa oscuridad que tal vez sentiremos cuando nos llegue la hora del descanso eterno.  Es esa oscuridad que simboliza a la muerte mejor que la propia muerte. Es negro sobre negro. Creo que me hago entender; una oscuridad que te cagas. 

En una situación así, -que no tiene por qué ser extraña, todos estamos más o menos a menudo en este tipo de oscuridad-, al existir una completa ausencia de materia en lo que al sentido de la vista se refiere, tus otros sentidos, incluyo el intelecto -o la imaginación si lo preferís-, se ven incrementados en su percepción de forma exponencial: escuchas de forma más nítida, hueles mejor y piensas e imaginas conceptos que en situaciones "mundanas" distan mucho de rondar una mente humana. Teniendo tal cantidad de premisas, es fácil que tu pensamiento tienda a cometer ciertos deslices y le dé por ver la realidad de forma distinta. Es algo que puede ocurrir a todos, no en exclusiva a mí desde luego; hay ciertas situaciones que hacen sencillo que ideas y pensamientos de este tipo se paseen por tu cabeza.

Dejando las digresiones innecesarias de lado, me gustaría ir al meollo del asunto. Una vez que encendí la linterna, pude ver la verdadera oscuridad que me invadía. Contradictorio, ¿No? es un sin sentido que no tiene ni pies ni cabeza. ¿Alumbrar a la oscuridad para verla mejor? Tío, estás loco. O tal vez no.

A veces -y pongo "a veces" por no pecar de impulsivo, pero es siempre- nos hace falta ver lo contrario de algo, si es mejor, al lado de ese algo, para apreciar de veras el significado, pleno y perfecto, de lo que queremos conocer mejor. En una frase corta y comprensible: "ver lo contrario para captar toda la esencia de los contrarios". No podemos saber qué es el amor si no se experimentado el odio. No puedes saber qué es la felicidad si no has sentido la tristeza... y así hasta el infinito. Es algo que todos sabemos en verdad, pero que muy pocas veces nos detenemos para reflexionar.

Y también sería un problema cuantitativo -a la cantidad me refiero-. A veces necesitamos ver un poco de la esencia visible de lo que nos rodea para abrumarnos -mediante los contrarios o por iluminación divina, eso me es indiferente ahora- al captar por encima toda la profundidad de significado que tiene lo que nos rodea. Al igual que en lo anterior, una frase que resumiría esta idea sería: "ver un poco para imaginar un mucho". Muchas veces, cuando conocemos casi a la perfección algo, deja de fascinarnos, es cuando sobre ello permanece una sombra cuando de verdad se convierte en algo enigmático para nosotros.

Además, y esto ya no es tan filosófico, "impresiona" ver como la oscuridad se traga a la luz; es ahí cuando vemos su verdadera fuerza. Aunque la luz a veces puede ganar a la oscuridad, en esa circunstancia en la que una pequeña luz se ve al completo sumida en la mayor de las oscuridades, puedes ver lo tenebrosa que resulta la oscuridad.

Y sí, podría haber dicho que la oscuridad, al dejarnos ciegos, es algo que da miedo, y lo que da miedo, parece gigante comparado con nosotros. Pero como dije en la anterior entrada, esa forma directa de pensar las cosas no va conmigo; aunque lo odie, no puedo evitar darle vueltas a todo para entrever los entresijos más curiosos de la realidad.

Espero que os haya gustado la entrada y muchas gracias por leerla.

PD: tranquilos, que la próxima entrada es algo más entretenido y menos filosófico, lo juro ;) 

domingo, 28 de septiembre de 2014

Fuegos artificiales

Estos días en Logroño hemos celebrado nuestra fiesta grande, "San Mateo". Feria, conciertos, botellones y fuegos artificiales, lo típico y normal en unas celebraciones de ciudad. Este año, soso de mí, me he centrado exclusivamente en los fuegos artificiales, actividad que me fascina por la magia que desprende y por lo imposible de su acción que tiene en mí -y en otras muchas más personas, bien lo sé-.Aviso que el texto puede resultar un poco caótico y contradictorio, pero si consigo explayarme con la suficiente claridad, creo que al menos podréis atisbar lo que quiero interpretar.

No quiero escribir sobre cómo fueron, pues aparte de no interesarme en demasía, si soy sincero, no sé cómo se juzga si unos fuegos artificiales son de calidad o no -a mí me gustan a medida que son más ruidosos-. Lo que pretendo tratar de explicar en esta entrada es una sensación de añoranza y tranquilidad que los fuegos artificiales me transmiten. No sería algo demasiado excepcional si no fuesen precisamente fuegos artificiales, una de las actividades más ruidosas producidas por el intelecto humano. Un ruido estrepitoso es capaz de provocar en el alma de una persona la paz  y el sosiego más absolutos, ¿cómo puede ser esto posible? ¿No es sino una antítesis completa? O tal vez una perfecta paradoja ... No sé sinceramente a cuántas personas más los fuegos artificiales le calman como a mí, actuando en forma de relajantes ópticos, pero sé con seguridad que no soy la única persona que siente esa sensación tan paradójica y mística cuando escucha y ve a los fuegos artificiales demostrar su poderío.

Desconozco el porqué de la reacción de mi ser. No sé si esa calma llega a mí desde los más profundos pensamientos de mi subconsciente o realmente esas luces tienen la capacidad y el poder, casi ya prehistórico, de sumir en la más absoluta tranquilidad a lo seres humanos, no lo sé. Solo veo una senda posible de explicación para este fenómeno de los sentidos. No me veo con la capacidad suficiente de explicar lo que siento en mi interior si no es con comparaciones que sé que casi todos podrán entender a la perfección. La fuerza que los fuegos artificiales tienen en mí siempre me ha recordado mucho al sentimiento de, casi placer, que sentimos TODOS los humanos a ver el fuego. No afirmo con esto que todos tengamos un pequeño pirómano dentro de nosotros, ni mucho menos, pero es innegable que siempre que observamos fuego, por grande o pequeño que este sea, en nuestro interior algo se enciende, como por influencia del calor que las llamas desprenden. Todos miramos encandilados cómo ese astro rojo puede esfumar la oscuridad bajo cualquier circunstancia. Incluso siendo capaces de crear fuego en cualquier momento, todavía algo en nosotros siente completa adoración hacia ese suceso. Y esto, me atrevo a aventurar, es debido al asombro que todavía en nuestra época sentimos por el poder destructivo del fuego; aquí residirá la clave de todo este asunto a mi parecer, al poder caótico del fuego, es decir, en el poder destructivo y creador de caos. 

Los fuegos artificiales tienen una característica semejante. Sin duda influenciados por la fuerza de la naturaleza -y muy en relación a mi entrada de La Tormenta-, generalmente veo a los fuegos artificiales como imitaciones del humano por captar la furia del cielo. Pero, en contraposición al arcaico miedo del que hablaba en la anterior entrada, aquí nos encontramos con el otro lado de la misma moneda. Quizás se deba a la incapacidad de atrapar la sustancia original de las tormentas, pero aquí en vez de terror -salvo las personas que sientan miedo patológico hacia los fuegos artificiales- sentimos exactamente lo contrario; calma, paz, tranquilidad... 

Dentro de este sin sentido -de un elemento que en ocasiones produzca terror y otras veces pura paz, que más que sin sentido, encarna a la perfección la vida misma, a veces tan bella y dura en un mismo ámbito- , creo poder atisbar por qué esa furia de colores y detonaciones nos transmite tranquilidad. A veces, nuestros problemas nos superan. Somos seres egocéntricos por mucho que intentemos velar por el bienestar ajeno, y nuestros problemas siempre nos resultarán más graves que los del resto. Somos egoístas por mucho que duela. Creemos que lo que nos sucede es superior a todo lo que nos rodea, pero nos equivocamos. Al palpar la brutalidad y poder de los fuegos artificiales -sin llegar a la magnificencia de la tormenta, aunque a ciertas personas incluso las tormentas nos relajan- vemos que existen fuerzas superiores a las nuestras y a los problemas que nos rodean. Y qué son las tormentas y los fuegos artificiales sino una amalgama de colores, ruidos y violentos sentidos. Nos admiramos, en definitiva, en el caos. El caos, la anarquía -en el sentido peyorativo de la palabra- nos infunden orden a nuestra ánima. Sé que puede sonar majadero, pero es algo que ocurre. Cuando nuestro caos interior se ve superado al observar una furia externa que como huracán arrasaría con nuestro propio caos personal, entendemos en verdad que no todo parece tan malo, llegando esa sensación de tranquilidad por ver la pequeñez de nuestros problemas. Al percibir la autoridad de una vorágine tan suprema, nuestro interior tan solo puede arrodillarse y gozar de esa ostentación de caos y suntuosidad que lo superior a nosotros tiene en su interior. Es la paradoja del vivir, es la antítesis de la vida; vivimos rodeados de estos sucesos y nunca los advertimos. La vida es un sin sentido, y a veces esos sin sentidos pueden salvarnos de nuestras bestias interiores. Lo grande y majestuoso siempre nos ha dejado atónitos, no por su grandeza exclusivamente, sino también por su poder, por todo la fuerza que esconden los grandes acontecimientos, por la capacidad de destrucción.

En conclusión: sí, lo sé, todos lo estaréis pensando, podría haber dicho desde el principio: los fuegos artificiales relajan porque son bonitos. Lo bonito suele tener la cualidad de apaciguar. Pero no me gusta ir a lo simple, que es lo que todos podemos captar a la primera. Me gusta bajo mi pesar "comerme" la cabeza hasta que esta me explote, buscar el sin sentido de todo -y tal vez por ello soy tan feliz-. Espero que os haya gustado esta entrada.